miércoles, 28 de mayo de 2008

Checho, según Manuel Guerrero C.

Al Checho lo conocí no me acuerdo cómo exactamente. Claro, por supuesto, fue en la Jota. Había concurrido al local de Capri, ahí cerca de la Plaza de Armas en Santiago, a buscar a alguien y sobre todo a quedarme ahí, ya que para mí era el más lindo local de la Jota de aquel tiempo. En una sala grande, aunque la verdad es que era más bien pequeña, había una mesa de ping pong donde los jotosos de esos años derrochaban su espíritu deportivo. Ahí parece que fue donde vi a un gallo flaco, de pelo muy tieso que daba paletazos y reía como cabro chico. Ese era Weibel, que aunque con nombre bien extranjero, tenía más pinta de chileno que el más popular Soto o González.



En otra ocasión a raíz de una manifestación callejera los pacos pegaron una arremetida y corriendo por la Plaza de Armas, Puente y Monjitas, llegamos al mismo local que tenía la luz cortada, había nerviosismo y se pensaba que entrarían a desalojar el lugar y a detener a los revoltosos. En medio del barullo se alzó la voz del Checho que echó una talla y la risa hizo superar la tensión.



Desde ese tiempo, sesenta o sesenta y uno, es que ubicaba a este hombre joven, cuarto hijo de una humilde y numerosa familia proletaria, cuyo padre era obrero municipal y su madre auxiliar de enfermería. Su infancia transcurrió, en buena parte, en los pasillos de los hospitales donde su madre lo llevaba por no tener con quien dejarlo. Con gran sentido del humor el Checho narraba cómo tenía por cama las camillas de los enfermos y por juguetes los implementos médicos.
Por la difícil situación económica de sus padres, el Checho a los once años de edad tuvo que enfrentar la vida laboral. Trabajó en la construcción, mueblería y salud. Siendo trabajador de la salud fue detenido en una huelga y sufrió flagelaciones por parte de la policía política. Siempre se enorgullecía de la combatividad de su gremio.



De fácil acceso, Weibel era frecuentemente requerido por los compañeros que le hacían llegar tanto sus puntos de vista como sus problemas. Nunca rehuyó la conversación y la discusión franca de las cosas.

El Checho participó en la Juventud Obrera Católica y fue su dirigente a los 13 años de edad en Conchalí, lugar donde ingresó a los 14 años de edad a la Jota llegando a ser secretario de ese comité local. Había sido un activo organizador de centros juveniles. Siempre los compañeros recordaban su estampa delgada, con una boina calada a la cabeza, animando las marchas con megáfono en mano. Allí estimuló la preocupación de la Jota por la actividad deportiva y los problemas más sentidos de la juventud.




Este es un acercamiento de Manuel Guerrero Ceballos, a su familiar y camarada, José Weibel Navarrete, el Checho, a quien el Comando Conjunto hizo desaparecer el 29 de marzo de 1976.